Concurso Letras de Ultratumba II: Segundo Premio

 Concurso Letras de Ultratumba II: Plata

¡Feliz miércoles, escritores!

Ya estamos a mitad de semana, y se acerca la noche más terrorífica del año.

Como ya les anunciamos el lunes, en esta ocasión les traemos el segundo relato ganador de nuestro concurso anual Letras de Ultratumba II. 

Se trata de una historia escrita por la autora cubana Roxana Leyva, que nos sumerge en el misterio de una casa embrujada en Inglaterra que no es lo que parece.

¡Disfruten de la lectura!



Borley Rectory

    Existe una casa en Inglaterra que se lleva el título a la más terrorífica y famosa: Borley Rectory. Conocida como "la casa más encantada de Inglaterra", su fama no se debe a un solo evento, sino a una acumulación espeluznante de fenómenos, investigaciones y una leyenda negra que la convierte en el caso de fantasmas más documentado (y debatido) de la historia británica.

    Se decía que en el terreno existió un monasterio benedictino. La leyenda cuenta que un monje se enamoró de una monja de un convento cercano. Cuando planearon fugarse, fueron descubiertos. El monje fue ejecutado y la monja, emparedada viva en los muros del monasterio.

    Esta historia de amor trágico es el núcleo de la mayoría de las apariciones fantasmales. A lo largo de los años, los diferentes residentes (cuatro familias de rectores y sus sirvientes) reportaron una escalofriante variedad de sucesos. En 1929 un hombre fue a investigar luego de escuchar las historias y se encontró con todos los fenómenos, su investigación lo llevó a la locura o al menos eso creyeron sus allegados.


    El viento que bajaba de las colinas de Essex se sentía algo más que frío. Edward Lowrence, periodista escéptico de The Times, con el alma carcomida por la Gran Guerra, condujo su automóvil hasta el pie de la mole sombría de Borley Rectory, una estructura de ladrillo rojo y las ventanas similares a ojos ciegos y sucios.

    Edward no creía en fantasmas. Había visto demasiada carnicería humana en las trincheras como para temer a los espectros. Un hombre de ciencia, un escéptico. Pero incluso su lógica se disolvió como azúcar en ácido al cruzar el umbral de la Rectory.

    Había ido allí, para desentrañar el mito, ridiculizar las habladurías de la "casa más encantada de Inglaterra" y, de paso, escapar de los propios demonios que habitaban en sus pesadillas. Había leído los reportes, las campanillas desconectadas que sonaban, los objetos voladores, la monja emparedada...

    El joven cartero, un muchacho pálido llamado Frank, apretó los labios hasta hacer una línea blanca. Había traído una caja de latas de carne y una lámpara de queroseno.

    —¿Enserio? ¿Se quedará ahí toda la noche?

    Toda la noche, Frank,respond con una sonrisa. Y muchas más. Seré famoso si descubro lo que realmente sucede en este lugar.

     Frank no sonrió. Sus ojos se desviaron hacia la ventana del desván, que estaba ciega y negra.

    Mire, señor. No es fama lo que da ese lugar. Algo se pega a usted como el cieno de la ciénaga. La señora Rivers, ella fue sirvienta, solía decir que no eran "fantasmas" lo que había ahí. Era la maldad de la tierra. Que el monje y la monja eran solo cebo.

    —El miedo, Frank, es solo la percepción de una amenaza que aún no podemos catalogar —Respondí, tratando de sonar como el racionalista que solía ser. Saqué mi equipo de grabación, un aparato tosco de la época, más útil para registrar vibraciones que para capturar algo.

    Borley Rectory estaba colmada de pasillos laberínticos, chimeneas que silbaban como alcantarillas, y un jardín de setos oscuros que parecían extremidades. Edward se instaló en el estudio, la única habitación que no olía a podredumbre húmeda y a ozono eléctrico.

    En la primera noche escuchó pasos, como si un rector corpulento caminara por el pasillo principal, pero al abrir la puerta, solo había polvo inalterado. Luego, el sonido más sutil, el que perfora el tímpano sin hacer ruido: el lamento. Una marea gutural de lamentos, como si docenas de bocas estuvieran intentando gritar bajo toneladas de tierra mojada. Se tapó los oídos, sintiendo la presión en las sienes.

    —¡Maldita sea! —Jadeó, pero su voz sonó patéticamente pequeña.

    A la mañana siguiente, encontró un pequeño guijarro en la almohada, pero no había chimeneas cerca de su habitación.

    La segunda noche, el silencio fue tan espeso que pesaba. Edward se rio entre dientes, encendiendo su pipa. Y entonces, las campanillas comenzaron a sonar.


Tilín. Tilín. Tilín.


    No era un repique alegre. Era un sonido siniestro y urgente que decía a gritos "sal de aquí". Corrió hacia el sistema de sirvientes, un entramado de cables y badajos. Todos estaban atados con gruesas cuerdas, inmóviles. Pero el sonido persistía, emanando de la propia yesera, como si la casa tuviera nervios y huesos.

    —Juegos de niños— Murmuró Edward, pero su voz sonó quebrada: ya ni el mismo estaba seguro de que se tratara de un juego.

    Al tercer día, los susurros comenzaron. No provenían de un lugar concreto, sino de todas partes a la vez. . Edward oía fragmentos: "...no debimos...", "...los muros tienen hambre...", "...Marie...".

    —¿Quién está ahí? —Gritó, blandiendo su linterna—. ¡Salgan!

    La respuesta fue una risa baja y gutural, que no era humana. Sonaba a piedras moliéndose en las profundidades de la tierra. Esa noche, vio la sombra por primera vez. Una figura alta y encapuchada, vestida con los hábitos negros de una monja, desplazándose por el jardín. Se desvanecía y reaparecía unos metros más adelante, como un fotograma saltado en una película. Su rostro estaba compuesto de oscuridad vacía, pero Edward sintió su mirada y una presión emocional inaguantable que mezclaba pánico con angustia.

    Esto no era un fantasma simple. Era algo que había estado aquí antes que los cimientos, antes que el monasterio del que hablaba la leyenda. La historia del monje y la monja no era una tragedia romántica: era un sacrificio. Hecho para un ritual que había abierto una puerta, un ojo que observaba y se nutria de las penas y el miedo. La monja, Marie Lairre, no estaba atrapada en los muros; era parte de ellos, un conductor, un nervio expuesto de una entidad mucho mayor cuya verdadera forma haría enloquecer a cualquiera que la contemplara.

    Los fenómenos se intensificaron con una crueldad, visceral y personal. Las piedras del jardín se estrellaban contra las paredes con tal fuerza que petrificaban la mente escéptica de Edward

    Encontró un mensaje escrito en un papel viejo de una de las habitaciones


"El fuego purificará."


     Una madrugada, desesperado, intentó comunicarse.

     —¿Qué quieres? —Preguntó Edward, con la voz ronca por el miedo.

     Marie... —Escucho el nombre pronunciado por una voz silbante.

     Y entonces, la entidad que usaba a Marie como máscara habló. Esta vez no había tristeza en la voz, ni lamento, solo una terrible y hambrienta conciencia. Con una voz áspera y multidimensional que no venían de la habitación sino de dentro de la propia pared, como si la monja no hubiera sido emparedada, sino que la pared misma la hubiera absorbido.

    —No soy ella... solo su dolor... su agonía es la puerta. Él que yace bajo la piedra, el Sin Nombre en la Oscuridad, se alimenta... siempre hambriento... los muros son sus dientes...

    Fue aterrador para aquel hombre que había presenciado escenas de gran impresión en la guerra, cuerpos desmembrados, cuerpos que estallaban, pudo ver las viseras y el cerebro salirse de un cráneo, pero esta impresión que sentía era diferente, y peor que cualquier guerra.

    La casa no estaba encantada; era un órgano digestivo. Un estómago de ladrillo y yeso para una cosa que dormía bajo tierra, una cosa que se alimentaba del dolor, del miedo, de la energía psíquica de la tragedia. Los fenómenos eran sus jugos gástricos, y los fantasmas, los nutrientes atrapados en su interior.

    En el sótano, entre restos quemados y rocas desplazadas, encontró un libro sellado con sangre seca. Las últimas páginas:

“No es un fantasma, es una herida dimensional, abierta por el dolor de los que murieron aquí. El acto de emparedar viva a la monja fue un ritual. Inconsciente, sí, pero efectivo. La convirtió en algo que no puede morir. La casa no es maldita… es una puerta que no se cierra.

    Edward Lowrence enloqueció, no por el susto, sino por el conocimiento. Por haber mirado al abismo y haber entendido su hambre.

    Lo encontraron una semana después, acurrucado en un rincón del jardín, cubierto de tierra, arañándose los brazos hasta los huesos mientras balbuceaba sobre "dientes de piedra" y "la oscuridad con hambre".

    La casa ardió en 1939. El nuevo dueño, un incauto, provocó el incendio o, al menos, eso dicen. Pero Edward, recluido en un sanatorio, se rio con un jadeo lleno de flemas cuando se enteró.

    —¡Tontos!—Escupió.

    Y tenía razón: mientras quedara una piedra sobre otra, mientras quedara terror en la mente de los hombres, el hambre de lo que yacía bajo Borley nunca se apagaría del todo.

    Edward sabía la verdad: Borley no fue quemada por un accidente. Se sacudió a su última víctima y luego se prendió fuego a sí misma. Se autodestruyó para limpiar la escena antes de que su secreto pudiera ser totalmente comprendido por la mente humana. No estamos solos, sino que somos una bacteria sobre una piedra que interesa a una inteligencia antigua e indiferente, y que Borley es solo una puerta mal cerrada.

    Borley Rectory no estaba encantada; estaba infectada por Dios, o algo peor que el.


Por Roxana Leyva

Comentarios

  1. Excelente relato, me erizó la piel imaginándome las escenas y los personajes. Te felicito, continúa así. Llegas al corazón del lector.
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  2. Es una excelente escritora ✍🏻 muchas felicidades.

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