Narración: "Víctima de enfermedad priónica", por Nelssy Hernández

 Narraciones creativas

¡Buenas tardes, escritores! Volvemos esta semana con los relatos y narraciones que nos comparte nuestro alumnado en el taller de escritura creativa de este febrero de 2026.

Hoy, les traemos la historia que nos ha contado la escritora colombiana Nelssy Hernández, trasladándonos la vida de su marido Óscar y su partida a causa de una enfermedad priónica.


Víctima de enfermedad priónica

    Cuanto menos espacio tenía su cuerpo para actuar, más espacio ocupaba su pensamiento. Cómo el pensamiento puede crecer incluso cuando el cuerpo deja de responder: el temblor generalizado, la pérdida de coordinación, alteración de memoria, pérdida visual... 

    El silencio externo no apagó la actividad intelectual. Se concentró en la música. Su mente se volvió más densa, más precisa. No era timidez, ni de personalidad introvertida: era lo que las personas que lo rodeaban pensaba de él. La humildad fue su sello, incluso en la adversidad.

    Desde niño, mostró una curiosidad insaciable. Quería saber cómo funcionaban las cosas. Su pasión era la investigación y la ciencia. Se la trasmitió a sus hijos, con quienes compartía su conocimiento.

    Eligió durante 40 años concentrarse en su trabajo: prefirió contar anécdotas personales, hablar de su familia y de su infancia... Hablaba de sus compañeros de trabajo, a quinees nunca dejó de recordar como sus compañeros del alma. Con el paso de los años, a los 70 años de vida, un día de año nuevo compartió y brindó. Lo hizo con una sonrisa por su último año de vida. 

    Todos tenemos fecha de caducidad. Todos sangramos si nos cortamos, todos lloramos cuando algo nos duele. No somos autosuficientes: somos frágiles y debemos aceptarlo. 

    Su mayor orgullo eran sus tres hijos, a quienes educó en el esfuerzo de trabajo,  en campamentos lejanos a su hogar durante meses sin comunicación alguna. En los años 80, todavía no había avanzado la tecnología. Llegaba a su hogar cada seis meses, buscando el calor de hogar, viendo a sus hijos crecer durante solo 20 días. Es este breve período, se enteraba de sus logros.

    Desde el 2013 hasta el 2025, alcanzó a conocer sus cuatro nietas. Las veía muy frágiles, vulnerables, en un mundo moderno y de caos. Una poderosa realidad que forma parte de nuestras vidas. 

    Él quería  y deseaba verlas ya profesionales. Ellas eran su felicidad. Tenía un instinto protector con sus hermanas, primos, sobrinos... todos los seres que llegaron a compartir con él. Al final de sus días, sus familiares coincidieron en que era como “un padre”  con ellos. 

    Solo cuando tomamos conciencia de nuestra propia fragilidad estamos preparados para preguntarnos cómo podemos vivir mejor. Les inculcó a sus hijos ser responsables de su felicidad, lo cual abarca una gama de sentimientos positivos,  desde la satisfacción hasta la alegría intensa. Cómo alcanzar metas, pasar tiempo con seres queridos o participar en actividades placenteras. La responsabilidad final de ese bienestar emocional es un estado interno de plenitud y satisfacción, más que una meta final o la ausencia de problemas. 

    Vivir con un propósito y disfrutar el camino, encontrar sentido a las experiencias. Una sensación de bienestar y equilibrio. La felicidad se nutre de emociones positivas como la gratitud, la compasión y el optimismo. 

Además de la capacidad de superar los desafíos con resiliencia, también implica cuidar el cuerpo y la salud física, así como tomar acciones que generen impacto positivo en uno mismo y  en los demás, dando más que recibiendo.

    El 14 de octubre de 2025, no supo donde quedaba su casa. Logró llegar gracias a la tecnología.  Su visión cada día empeoraba. Se sentía muy impotente: decía que solo era un problema de cataratas.

   Al llegar a consulta con el retinólogo, no pudo creer las palabras del especialista: «Este no es mi problema. El problema es cerebral. Es importante visitar a un neurólogo». Lo que este especialista le transmitió fue que la urgencia no había terminado.



    Con lágrimas en los ojos y una mirada muy triste, nos pidió paciencia para afrontar esta realidad. Sí, confirmado: era una enfermedad huérfana priónica. Los síntomas ya se estaban presentando. Se trata de  una proteína prión degenerativa de carácter infeccioso. Esta acumulación anormal de proteína en el cerebro puede provocar problemas de memoria, cambios de personalidad y dificultades de movimiento.

    En el caso de sospecha de una enfermedad priónica, el análisis de líquido cefalorraquídeo obtenido mediante punción lumbar es clave, ya que permite confirmar el diagnóstico mediante la determinación de proteína priónica en el líquido cefalorraquídeo. Algunos de los síntomas que presentan los pacientes incluyen problemas de memoria, falta de concentración, pensamientos excesivos, insomnio, dolores de cabeza y tristeza.

    La enfermedad de las vacas locas es una enfermedad mortal que destruye lentamente el  cerebro y la médula espinal, es decir, el sistema nervioso central. En raras ocasiones, pueden contraer una forma humana de la enfermedad de las vacas locas. Esto puede suceder si la persona come tejido nervioso (el cerebro y la médula espinal) de ganado que estuvo infectado por la enfermedad de las vacas locas. Con el tiempo, la enfermedad destruye el cerebro y la médula espinal. 

    Cuando una vaca es sacrificada, algunas partes se usan para alimento humano y otras partes se usan para alimento animal. Si una vaca infectada es sacrificada y el tejido nervioso se usa para alimento para ganado, otras vacas pueden contagiarse. Las personas pueden contraer la enfermedad si comen el cerebro o el tejido de la médula espinal de ganado infectado.


«Para quien no tiene un puerto al que llegar, ningún viento es favorable», Séneca



Por Nelssy Hernández


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