Relado: "El cuerpo habla", de Alfredo Gil Pérez
Relatos creativos: "El cuerpo habla"
¡Buenas tardes, escritores!
Continuamos con este maravilloso taller de escritura creativa.
Esta segunda semana, les traemos los relatos de la consigna, denominada "El cuerpo habla", en la que el alumnado ha tenido el reto de comunicar a través gestos, movimientos y corporalidad, alejándonos del diálogo interno y las explicaciones psicológicas. Gestualidad, acciones, descripción visual.
En el caso del autor que nos deleita hoy, el escrito recoge un viaje sensorial a través de un trayecto en tren en el que el protagonista se mueve a través del recuerdo.
Les dejamos con la aportación de Alfredo Gil Pérez.
¡Esperamos que disfruten de su lectura!
El cuerpo habla
La cabeza apoyada contra
la ventana, el suave traqueteo del tren y los destellos de sol entrecortados
por los árboles. Me desperezo y se me escapa un suspiro tan profundo que los
campos de trigo que se asoman entre arboleda y arboleda parecen contonearse por
simpatía.
Un suspiro… pero no un suspiro taciturno, perdido… uno
de esos suspiros involuntarios que nos sorprenden haciéndonos conscientes de la
sonrisa que estira nuestra boca como quién dice —¡eh tú! El idiota de allá
arriba. Controla tu cara o la señora que está acariciando el transportín de su
gato para tranquilizarlo se va a pensar que eres aún más raro de lo que
realmente eres.
El calor del sol contra mi cara. Tu calor… El calor de
mi cara contra tu pecho. Escuchando el latir de tu corazón. Acompasado,
bamboleándose como el tren que recorre ausente estos campos y bosques.
Asegurándome que eres real, que estás vivo y que hasta hace nada estaba
refugiándome en tu abrazo. Ese abrazo de cereales tostados al sol que hace que
el mundo parezca más hermoso y justo. Esa paz… Tu paz… Nuestra paz, con el
traqueteo de dos corazones que saltan felices como niños cuando nos miramos a
los ojos y nuestras sonrisas estiran las caras como diciendo —Idiotas, felices
idiotas.
El tren atraviesa un campo de lavanda y me revuelvo
incómodo. Sabes cuánto me gusta la lavanda. Su color, su olor y justo ahora la
están podando para hacer jabones, perfumes o lo que quiera que haga la gente
con la lavanda recién cortada.
Pienso en la lavanda, el olor a tierra mojada, el
sándalo... Y me asalta una marea de recuerdos. El olor a mate cebado, el olor
de la luz de la luna, tu olor. Por un instante me envuelve como una tela suave,
reconfortante y llena de intimidad. Un resquicio en la realidad se apiada de
mis pobres ojos marrones perdidos en el horizonte y me permite transportarme a
el rincón de mi memoria donde tu risa suena nítida, con esos pómulos de niño
tan tiernos enmarcando tu naricita. Y, como una decisión rebelde, tu olor se
vuelve mi olor preferido.
Cuando el maullido del gato me arrastra con crueldad lejos de tu abrazo. Y el traqueteo de dos corazones se apaga con el ruido metálico del tren. El sol se oculta tras unas nubes y tu frío vuela a las estrellas, donde ya no puedo alcanzar a imaginarlo, pero me susurra que volverá.
Mi boca deja de tensarse en esa sonrisa involuntaria, siento como si mi alma cayera dentro de su cuerpo, atraída por la gravedad del mundo. Y otro suspiro, esta vez de desasosiego, consciente de que estas lejos, se escapa de entre mis labios.
— ¿Va todo bien, cielo? —me pregunta comprensiva la señora de enfrente enarcando las cejas. Sin dejar de acariciar el transportín. Y con la complicidad de quien ha reconocido en un extraño algo que a todos nos atraviesa el alma en algún momento. Y nos hace tan iguales como el aire que respiramos.
Sonrío con educación.
Cuando menos lo esperamos, el cuerpo habla.
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