Relato: "El cuerpo habla", por Sabrina Méndez Parodi
Relatos creativos: "El cuerpo habla"
¡Buenas tardes, escritores!
Hoy les traemos el segundo relato de la joven escritora canaria Sabrina Méndez Parodi, perteneciente a la consigna de "El Cuerpo Habla", que buscaba trabajar la narración a través del movimiento y la descripción externa, alejándonos en la medida de lo posible del diálogo interno y los sentimientos.
El resultado es esta escena maravillosa en la que la autora nos traslada a un momento álgido que lo cambia todo.
¡Disfruten de la lectura!
El cuerpo habla
Baja un escalón. Su pie cruje como el sonido de algo oxidado. Mantiene la vista fija en lo que tiene delante. Su expresión es de horror puro, como si no lo terminara de comprender. Baja otro escalón y abre ligeramente la boca. Analiza todo lo que le rodea, pero parece que su mente no ha actuado todavía o que esté teniendo una lucha contra la información que está llegando a su cabeza. Baja cada escalón poco a poco, con una calma que relata todo lo contrario a lo que es ella.
Al llegar abajo, se queda de pie observando, con los ojos como platos. Se empieza a rascar el lateral del dedo con la uña y sin darse cuenta, la sangre le chorrea por las manos, cayendo en diminutas gotas al suelo. El dedo que estaba raspándolo, se para de golpe, recordando las veces que ha intentado parar esa mala costumbre.
Camina para acercarse. Cada pisada suena demasiado fuerte. El ruido entra por sus oídos y rebota por todo su cuerpo. El corazón empuja desde dentro cada vez más fuerte tras cada pisada, con un ritmo irregular. En la garganta aparece un nudo espeso, tan espeso que le duele. Lo intenta tragar de inmediato, pero vuelve. Su muslo derecho tiembla, haciendo que se desequilibre. Sus piernas responden con torpeza.
Un calor abrasador le sube por el abdomen rápidamente y se queda atrapado bajo las costillas. El pulso golpea las sienes, tan fuerte que hasta se marea un poco. Pero sigue adelante, aunque todo en ella suplica huir. La boca se le llena de saliva. Se lame los labios agrietados.
Se detiene. El pecho sube y baja desesperadamente. Los dedos de los pies se encogen dentro de los zapatos. Sus rodillas le fallan y se deja caer sin sentir el golpe contra el suelo. Su espalda apenas se arquea. Mira el cuerpo. Unas mariposas atraviesan cada rincón de su cuerpo, cada fibra, cada parte de ella. Haciéndola temblar. Hasta que llegan a la cabeza y resulta que aquellas mariposas eran todos los recuerdos compartidos con ella. La palabra aún no existe en su cabeza. No es “cadáver”. No es “muerte”. Es solo una forma conocida colocada de una manera imposible.
El cabello descansa sobre la frente como siempre. La mano, abierta, parece esperar otra mano que ya no llegará. La luz entra por la ventana y dibuja una línea pálida sobre la mejilla inmóvil. Todo está demasiado quieto. Demasiado ordenado.
El aire se vuelve espeso. Intenta tomarlo, pero no llena los pulmones. Extiende la mano, dudando, como si el simple roce pudiera romper algo sagrado o confirmar algo irreparable. Sus dedos rozan la piel. Fría. No fría de invierno. No fría de madrugada. Fría de ausencia.
El corazón, que hasta ahora golpeaba desbocado, se detiene un segundo. Solo uno. Después retoma con más violencia, como si quisiera compensar el silencio del otro pecho.
Niega con la cabeza. Una vez. Dos. Pequeños movimientos casi infantiles. El cuerpo se inclina hacia delante y apoya la frente contra ese pecho inmóvil, esperando el latido que conoce de memoria. Nada. El nudo en la garganta ya no es un nudo es una grieta, que la recorre entera. Las mariposas regresan. Pero ya no revolotean. Se posan.
En las manos que la abrazaron. En las risas compartidas en esa misma habitación. En las palabras que quedaron a medias. En las promesas pequeñas que parecían eternas.
Su cuerpo lo entiende antes que ella, esa quietud no es pausa. Es final. Por mucho que se niegue a aceptarlo. Por mucho tiempo que le cueste aceptarlo. Es final.
Se balancea suavemente hacia delante y hacia atrás, como si pudiera mecer el tiempo. Como si pudiera despertarlo.
—Vuelve —susurra, esperando a que se despierte mágicamente o a que la oiga.
El suelo está frío bajo sus rodillas. La sangre seca en sus dedos tira de la piel. El corazón sigue golpeando, vivo.
Y entonces lo comprende de la única manera posible: el cuerpo que tiembla es el suyo. El que late es el suyo. El que respira, aunque duela, es el suyo.
El cuerpo habla. Y lo que dice es que tendrá que seguir respirando incluso con el recuerdo clavado bajo las costillas.
Incluso con todas esas mariposas convertidas en peso. Incluso aunque crea que ese día murieron las dos pero sólo una dejó de respirar.
Por Sabrina Méndez Parodi
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