Relato: "El presentimiento", de Alfredo Gil Pérez

Relatos creativos: "El presentimiento"

¡Buenas tardes, escritores!

Hoy, les traemos un nuevo relato de otro de los participantes de el primer taller de escritura creativa de este 2026 en Escritores Sin Fronteras.

Al igual que en el relato anterior, se trata de la consigna de "La grieta", en la que se le pidió al autor que navegara a través de ese momento en el que la historia cambia, esa circunstancia que hace que las cosas ya no vuelvan a ser cómo antes.

En esta ocasión, esta breve narración nos la trae el autor canario Alfredo Gil Pérez, conocido por obras como "La chispa en el tintero", "Susurros de Oniria" o la saga "El Pacto".

¡Disfruten de la lectura!


El presentimiento


    La brisa que soplaba a sus espaldas era densa y fría, de esas que te hacen girarte sobre los talones con miedo a lo que puedas encontrar. El sonido de los coches a ambos lados de la avenida susurraba en su idioma ronroneante un poema metálico e impersonal. Y las pisadas de los transeúntes se volvieron pesadas y lentas.

    Nada. Allí no había nada que no fuera la corazonada de que algo no encajaba. Y aquella terrible sensación de haberse sumergido en un ambiente desconocido.

    Se armó de valor y recuperó la marcha. El aire tenía un sabor metálico. Y unas nubes de tormenta comenzaron a tapizar el cielo de la gran ciudad.

    Se refugió bajo un repecho del edificio de ladrillos rojos más cercano que daba a un callejón. Y el cielo comenzó a desmoronarse en una lluvia densa y melancólica. A sus espaldas la alertó el repiqueteo de unas patitas sobre la tapa oxidada de un cubo de basura. Y al mirar un gato negro le devolvió la mirada maullando, como quien pregunta algo a una vieja amiga.

    El gato apartó aquella mirada verde y penetrante de sus ojos para observar con sorpresa por encima de su hombro. Y siguiendo la misma dirección, lo vio.


    La mayor parte de los transeúntes de la abarrotada avenida corrían a refugiarse. Pero algunos continuaban con aquel caminar ausente, lento, como en trance.

    Ignoró el maullido preocupado que le pedía quedarse bajo la seguridad del edificio. Y, sin salir completamente bajo aquella cascada celeste, aguzó la vista para tratar de distinguir las figuras tras aquella cortina de lluvia.

    Una silueta se acercaba, con su paso rítmico, sin prisa, como si supiera que estaba esperándola. Los maullidos se volvieron más urgentes y el gato rozó la cabeza contra su espalda para tratar de llamar su atención. Pero se mantuvo firme.

    Cuando llegó a una distancia en la que pudo distinguir sus facciones era demasiado tarde. Al otro lado del agua una mirada vacía, inhumana, se había clavado en la suya. Y la criatura, chocaba contra la superficie de agua, atrapada por alguna extraña fuerza que le impedía alcanzarla.

    Su rostro era humano, aunque torturado por una expresión demasiado intensa, perturbadora. Su cuerpo, aunque torpe, parecía corresponder a lo que se esperaría de cualquier persona. Pero, aquella sensación terrible volvió a apoderarse de ella, se sintió pequeña, expuesta, débil. Algo en sus gestos y en su energía la hacían sentir como una presa observando a un lobo. Uno extraño que se había dado cuenta de que había sido descubierto por la presa demasiado pronto.

    La lluvia paró, de golpe. Pero frente a ella ya no había nada. Sólo el recuerdo de haber entrevisto un horror y el sentimiento de ser consciente de un secreto terrible.

    En la avenida ya no había caminantes que parecían ignorar la lluvia. Y los transeúntes normales volvieron a retomar sus caminos a lugares desconocidos.

    El gato volvió a maullar, trayéndola de vuelta a la realidad.

—Vámonos de aquí, pequeño —le dijo cogiéndolo en brazos. Y poniendo rumbo a su apartamento. Sintiéndose algo más segura con la presencia del pequeño peludo.

 ¡Miau!


Alfredo Gil Pérez

Comentarios

  1. Un relato que construye atmósfera con gran precisión sensorial. La brisa densa, el sonido metálico de los coches y la lluvia como cortina narrativa logran que el lector sienta la inquietud antes incluso de comprenderla. La consigna de “La grieta” está bien trabajada: ese instante en el que la realidad se resquebraja no se explica, se sugiere, y ahí radica su fuerza. El uso del gato como contrapunto instintivo añade una capa simbólica interesante, casi como si representara la intuición que advierte lo que la mente aún no quiere aceptar. Un cierre inquietante que deja más preguntas que respuestas, y eso, en el género, es un acierto.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Mes de las Infancias. Reflexión: "El ciclismo: una solución ecológica y saludable", de Bruce Chichande Guerrero

Reflexión "¿Ya es Navidad", de Elsa Sabando

Reflexión: "Elegirme", de Elsa Sabando León