Relato: "La grieta", de la escritora Sabrina Méndez Parodi

   Relatos creativos: "La grieta"

 ¡Buenas tardes, escritores!

    Hemos comenzado este 2026 con un maravilloso taller de escritura creativa en el que nuestro alumnado está teniendo la oportunidad de practicar estrategias y crear fragmentos de historia según consignas y disparadores de imaginación. Está siendo un auténtico privilegio compartir estas pequeñas joyas con los asistentes.

    Por eso, hemos pensado en compartir con ustedes algunos de los escritos de aquellos participantes del taller que han querido hacer partícipes a ustedes, lectores de nuestro blog, de sus historias.

    En esta ocasión, les traemos el relato presentado por la joven canaria Sabrina Méndez Parodi. La consigna, denominada "La grieta", requería crear una escena que supusiera un quiebre para el personaje. Un momento, un gesto o un evento que cambiaran el curso de la historia. Sabrina nos ha trasportado en un viaje sensorial al interior de su protagonista, quien tiene que enfrentarse a una herida del pasado.

    ¡Esperamos que disfruten de su lectura!


La grieta

    Me desperté con un sonido muy molesto en los oídos, como una canción con ruidos que no van acorde a la melodía. Me los tapo, desesperada por no escucharlo. Desde que me mudé aquí nunca había pasado. Será cosa de los de la calle posterior, que siempre se pelean y se llegan a escuchar golpes agudos pero fuertes. 

    Me levanto desconcertada, a por mis cascos. Esos cascos que me han hecho poder dejar todo atrás. Al cogerlos me vienen todos esos recuerdos, y de repente estoy viviéndolo todo de nuevo. Pasan tan rápido como una ráfaga de viento. Me sobresalto y los suelto, caen al suelo, con un golpe sordo. No pienso recogerlos, me da demasiado miedo, y como el ruido de antes ha disminuido, siento que ya no los necesito.

    Intento dormirme mil veces, pero mi mente me la está jugando y no puedo parar de pensar en todo lo que me ha pasado hasta que decidí mudarme. Una duda me carcome la cabeza. Empiezo a llorar, desesperada por borrar de mi mente esos momentos tan desagradables. El ruido va aumentando por cada lágrima que suelto, me vuelvo a tapar los oídos. Sin darme cuenta un grito escapa de mi boca, un grito desesperado, lleno de sufrimiento, ese que ha estado atrapado dentro de mí. El ruido se sustituye por las gotas de lluvia que caen por mi gran ventanal y me siento en la cama. Miro a un punto fijo hasta que me llegan las fuerzas para poder levantarme. 

    Me dirijo al baño, tambaleándome, preguntándome qué ha sido ese ruido tan raro. Al llegar, me lavo la cara y me pongo mi bata. Voy hacia la cocina, observo el reloj y veo que son las siete de la mañana. No puedo evitar volver a esa misma hora un 14 de octubre hace un año. Rápidamente me quito esos pensamientos de la cabeza, no puedo aguantarlo más. Me tomo una taza de café, me visto y decido salir a correr por el paseo justo al lado de la playa, para despejarme.

    Al recorrer unos 50 metros veo una silueta del todo familiar, con el pelo rojizo atado en una coleta alta un poco descuidada, con unos ojos verdes que resplandecen con una mirada perdida. Me mira. Siento que el mundo se cae ante mis pies, me paro en seco y, de la nada, aparece delante de mí.

    No tengo tiempo de huir. Ni siquiera de pensar. Está ahí, tan cerca que puedo distinguir las pequeñas pecas sobre su nariz, el leve temblor de su barbilla. Huele a sal y a algo que reconozco demasiado bien, miedo.

—No puede ser —susurro, pero mi voz no parece existir en este lugar.

    Ella inclina la cabeza, como solía hacer cuando no sabía qué decir. Su mirada verde ya no brilla, está cansada, rota. Exactamente como la recuerdo aquella mañana.

—Siempre corres —dice—. Incluso ahora.

    El ruido vuelve. No como antes, no como un sonido externo, sino como un zumbido que nace dentro de mi pecho, cruel. Doy un paso atrás y tropiezo con la arena húmeda. El mar sigue ahí, indiferente, rompiendo contra la orilla con una calma insultante.

—Te dejé atrás —me defiendo—. Me mudé, empecé de nuevo. Ya no estás.

    Sonríe con tristeza.

—Me llevaste contigo.



    De repente lo entiendo. El ruido, los cascos, el café a las siete, la lluvia en el ventanal. No eran recuerdos que volvían: nunca se habían ido. Ella no es un fantasma ni una casualidad imposible. Es la parte de mí que se quedó atrapada aquel 14 de octubre, congelada en el grito que nunca dejé salir.

    Las lágrimas regresan, pero esta vez no intento detenerlas. La duda vuelve a mi cabeza, esa duda de qué hubiera pasado si no la hubiera dejado indefensa y no hubiera huido. ¿Este futuro podría haber cambiado? Me lleno de seguridad y digo esas palabras que necesitaba decirle desde que ocurrió.

—Lo siento —digo al fin—. Por dejarte sola.

    Da un paso hacia mí y, cuando me abraza, el ruido se rompe. No se apaga de golpe; se disuelve, como una melodía que por fin encuentra su acorde. La silueta se desvanece poco a poco, fundiéndose con la luz gris de la mañana y esos ojos, esos ojos que recuerdo de memoria pero que jamás volveré a ver por ese simple error se desvanecen a la par.

    Me quedo sola en el paseo marítimo, con el corazón acelerado y la respiración temblorosa. El mar sigue sonando. Solo el mar.

    Empiezo a correr de nuevo.

    Esta vez no para huir, sino para seguir adelante, porque ya no me siento perdida. Me he vuelto a encontrar y sé que esta vez no me volveré a perder. Ella debe quedarse en mis recuerdos, viva, no como una herida abierta, sino como parte de lo que fui y de lo que me permitió llegar hasta aquí.

    El ruido de mis adentros ya no manda. Ahora soy yo.


Sabrina Méndez Parodi

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