Relato: "Escribamos nuestra historia", de Sabrina Méndez Parodi
¡Buenas tardes, escritores!
Les traemos un nuevo relato aportado por una de nuestras alumnas, participantes en el taller de escritura compartida de este pasado mes de febrero.
Se trata en esta ocasión de un relato por la joven canaria Sabrina Méndez Parodi, enmarcado dentro de la misma consigna que la entrada de ayer, Reescribamos nuestra historia, en la que se le requería al autor que replanteara el arquetipo establecido para el personaje.
Sabrina nos presenta un personaje asfixiado por las expectativas que busca romper con las cadenas de las expectativas.
¡Disfruten de la lectura!
Escribamos nuestra historia
Desde que nació, a Marina le dieron un papel. Pero no uno impreso con palabras en él, sino uno imaginario que debía seguir. Ella sentía que lo tenía cosido en el cerebro, para recordarlo cada vez que quería actuar.
Marina es la responsable, la que no molesta, la que entiende antes de hablar, la que nunca tiene errores…
Siempre se esforzaba un montón por ser la persona que su familia, amigos y conocidos creían que era. Pero siempre se ha visto atrapada en esa consideración de ella que nunca se ha preguntado: «¿Esta soy yo verdaderamente?» o un simple «¿Quién quiero ser yo?».
Siempre estaba bajo ese pensamiento que tenían sobre ella: esa persona responsable, que sacaba las notas perfectas, que hacía algún deporte, que se enfocaba en sus estudios… y todas esas cosas que se le están haciendo una bola en el pecho, solamente para no decepcionar a nadie.
Odia decepcionar a la gente, por eso no se había dado cuenta de la sensación que tenía, de esa en la que no puede seguir siendo lo que otras mentes quieren que sea o de lo que creen que de verdad es, porque lo lleva siendo estos 16 años.
Lleva meses pensándolo. Pensando si de verdad valía la pena ponerse primero antes de los ideales. Antes de las decepciones. Antes de cualquier guion escrito invisiblemente sobre todo su cuerpo.
Pero de unas semanas para otras dándole vueltas, sus pensamientos han cambiado, y ahora son de estos que dicen, «Si no estás siendo tú misma, ¿De qué sirve vivir la vida encerrada en estos ideales?». «Sé tú misma, y no te preocupes por que no te quieran, siempre va a haber alguien, aunque ese alguien sólo seas tú.»
Se levanta de la cama de un salto, decidida, con unas fuerzas que no había tenido nunca. Era un sábado a las 10am. Se escuchaban las risas de sus padres en la cocina. No sabía qué hacer, bajó las escaleras poco a poco. Al entrar en la cocina, había una clara imagen de la felicidad en el rostro de sus padres. Su padre estaba sentado en la banqueta, cortando cebolla, con una sonrisa en la cara, mientras que su madre estaba enfrente, sentada en otra banqueta, cortando tomates.
Él la miraba de esa forma tan bonita, como si todo de ella le encantara y la comprendiera de una forma inexplicable. Le brillan los ojos. «Quiero que alguien me llegue a mirar así», fue lo único que pensó. Al minuto le surgieron mil preguntas, «¿Cómo lo van a hacer si no sé quién soy?», fue la primera, y de ella aparecieron muchas más.
—¡Ay! —dijo su madre levantándose para abrazarla— ¿Cómo estás, cielo?
—Hola, mamá... Em...—estaba buscando las palabras de una vez— Quería hablarles de una cosa.
Dijo con un tono de voz inestable, con duda y temor. Vio por un segundo cómo a su madre le pasaban las preguntas rápidamente con un gesto de miedo, pero desaparecieron en cuestión de segundos.
—Claro, ven aquí— Miró al padre.
—Buenos días, papá.
—Hola, hija. Bueno, ¿de qué querías hablarnos? — Forzó una sonrisa.
Ninguno estaba acostumbrado a que les diga que tiene que hablar con ellos, porque siempre se lo guardaba todo, hasta ahora, que se estaba desbordando.
Marina se sentó en una de las banquetas que quedaban. Estaba temblando y las palabras no lograban salir de su garganta.
Estaban en un silencio incómodo: se notaba la tensión en el aire que se respiraba. Ellos estaban muertos de miedo, observó Marina. Esperaban que fuera algo muy importante.
La chica tragó saliva. El silencio ya no era sólo incómodo, era frágil. Cómo si cada palabra pudiera romper algo que no se podía volver a pegar.
Marina apretó los dedos contra su rodilla.
—Yo…—empezó, mirándose las manos— ...no estoy segura de quién soy.
Sus padres intercambiaron una mirada rápida, confundida, pero no dijeron nada.
—Siempre he intentado ser lo que ustedes esperan. La responsable. La que no falla. La que puede con todo. Y estoy cansada.
La palabra quedó flotando en el aire. «Cansada».
Su madre frunció el ceño levemente, no con enfado, sino con preocupación.
—¿Cansada de qué? —preguntó.
—Cansada de mí. O… de la versión de mí que creen que soy. Siento que si saco una mala nota, si digo que no quiero hacer algo, si me equivoco… voy a decepcionarlos. Y tengo miedo todo el tiempo. Tengo ese peso sobre los hombros de tener que ser médico, y no por decisión propia.
Su padre dejó el cuchillo sobre la tabla. El sonido fue pequeño, pero en esa habitación pareció enorme.
—¿Cómo que no por decisión propia? — exclamó su padre, con un tono rígido pero calmado.
Su madre se tensó. La sonrisa de antes desapareció por completo.
—Marina, cariño… eso lo decidiste tú.
Y ahí lo sintió. El papel cosido tiró con fuerza. «No le respondas», «Acéptalo. Es tu destino», le decía una y otra vez.
—No— dijo, esta vez más firme —. Lo decidí porque era lo que tenía sentido. Porque era lo que encajaba con la Marina que ustedes conocen.
Su padre levantó la vista por fin y la miró. Pero en esa mirada ya no había brillo, sino algo que ella ya no reconocía.
—Tu madre está trabajando de más para poder pagar la universidad a la que vayas en un año, para que estudies medicina.
—Yo no pedí eso… —susurró Marina.
—No, no le pediste, pero lo hicimos por ti—respondió él.
Su madre intervino, intentando suavizar.
—Sólo queremos que tengas un futuro estable. Que no te equivoques.
«Equivocarte». Esa palabra se clavó. Marina sintió que algo dentro de ella cambiaba pero no era rabia: era claridad.
—¿Y si necesito equivocarme? —preguntó—. ¿Y si necesito fallar para saber quién soy?
Se quedaron atónitos.
—Marina, tienes 16 años. No sabes lo que quieres. Esto es sólo una fase y te arrepentirás.
—Pero mamá…
Y ahí llegó el giro. Marina respiró hondo y se levantó de la banqueta.
—Tienen razón, no sé lo que quiero—soltó un suspiro—. Pero sí sé lo que no quiero, y no quiero seguir viviendo una vida que siento que no es la mía.
Su madre dio un paso hacia ella, agarrándola de la muñeca.
—Hija, ¿qué estás diciendo?
Marina los miró a ambos. Ya no estaba temblando.
—Que no voy a estudiar medicina. Que voy a encontrarme y a saber lo que de verdad quiero hacer. Además, llevo meses sin tener ilusión por hacer patinaje. Lo hago porque se han gastado mucho dinero en ello y lo valoro, pero me voy a quitar.
Silencio.
—No te puedes quitar del patinaje. Tienes mucho talento y estás ganando dinero. Siempre te ha encantado—Su madre sonrió falsamente.
—Hace mucho tiempo que lo hago por obligación.
Las palabras se quedaron suspendidas en el aire. Su padre parpadeó. Su madre se llevo la mano con la que agarraba su muñeca a la boca.
Y, por primera vez en su vida, Marina no intentó arreglar el gesto de nadie. No pidió perdón. No explicó más.
Simplemente sostuvo la mirada, mientras se le caía una lágrima por la mejilla. No sabía si aquello rompería su familia, pero, sabía que, si se quedaba se rompería ella.
Esa mañana entendió algo que nunca había entendido:
A veces, para escribir tu propia historia, primero tienes que atreverte a ser la villana en la de otros.
Por Sabrina Méndez Parodi
Comentarios
Publicar un comentario