Ganadores Concurso de Poesía 23 de Abril - Día del Idioma: 2do Puesto "Cuatro veces he vivido", de Hernando Barros Redondo

 ¡Buen día Escritores! 


Nuevamente nos llena de alegría compartir con ustedes este espacio para anunciarles a los ganadores de nuestro Concurso de Poesía Escritores sin Fronteras: Un Viaje en Prosa; una experiencia maravillosa que nos invita a conocer a los autores detrás de letras apasionantes e inspiradoras. 

En está ocasión, quisimos rendir homenaje al poder de las palabras, a esa capacidad única que tiene la poesía de tocar el alma, transformar emociones y dar voz a lo invisible. Con el tema las "CUATRO ESTACIONES"

Hoy felicitamos a Hernando Barros Redondo, que con su publicación nos recuerda lo similares que pueden ser las estaciones a las vivencias de una persona que habita en un país que no las posee, pero, aun así vive con la misma intensidad que refleja cada una de ellas con su llegada. 

Gracias por compartirnos su inspiración, la cual con su creatividad y sensibilidad enriquecen este espacio literario que seguimos construyendo juntos; por escribir desde el alma y por hacer de la poesía un puente que nos une más allá de las fronteras.

A continuación, les compartimos su poema, ganador del 2do puesto. Esperamos al igual que nosotros, remueva fibras y genere emociones: 

Cuatro veces he vivido

A quien nunca ha visto nevar
y sin embargo conoce el invierno.

I. Primavera

Dicen que hay una estación donde todo florece,

donde la tierra despierta con olor a promesa

y los pájaros vuelven de algún silencio largo.

Yo no la he visto así, con sus cerezos en llamas,

pero la conozco —la conozco bien—

en la mañana aquella en que te vi por primera vez

y algo dentro de mí comenzó a crecer sin permiso,

como la mata de mango que rompe el pavimento

porque la vida, cuando quiere, no pide paso:

simplemente abre.


Aquí en el Caribe la primavera no llega en marzo;

llega en los ojos de una madre que amamanta,

en el primer aguacero que tumba el polvo del verano,

en el niño que pronuncia por primera vez su nombre

y no sabe aún el peso glorioso de cargarlo.


II. Verano

El verano sí lo conozco —ese sí es mío—,

aunque los libros lo pinten con playas del norte

y sombrillas de colores y risas sin sudor.

Mi verano es el mediodía sin sombra en Fundación,

el sol cayendo vertical como una sentencia justa,

el mar caliente que no refresca pero abraza,

el amor en su punto más alto y más peligroso,

cuando uno cree que todo durará

y baila con esa certeza como si fuera verdad.


El verano de la existencia es ese instante

en que uno se siente invencible y da todo,

en que el cuerpo dice sí sin consultar al alma,

en que la alegría duele de tan plena.

Nadie nos dijo que tendría fin.

Qué misericordioso fue ese silencio.


III. Otoño

He visto fotos del otoño.

Árboles que se desnudan con dignidad extraña,

hojas que caen como palabras que ya no hacen falta,

un rojo que no es sangre sino despedida.

Me pareció una forma bella de soltar.


Nosotros en el trópico no tenemos esos árboles,

pero tenemos el duelo —ese sí no falta—,

el momento en que uno entiende que algo se fue

y no vuelve, y no debe volver,

y que perder también es una forma de madurar.


El otoño de la vida llega cuando uno aprende

a callarse a tiempo,

a no explicar cada herida,

a dejar caer lo que pesa

con la misma serenidad con que el árbol suelta sus hojas:

sin drama, sin reclamo, sin retener.

Sabiendo que en la raíz sigue habiendo vida.


IV. Invierno

El invierno nunca lo he tocado con las manos.

Pero lo he habitado.


Lo habité la noche en que la muerte llegó sin llamar

y se llevó lo que más quería,

y el mundo seguía girando, indolente, puntual,

como si no supiera que algo se había roto.


Lo habité en el silencio de los fracasos,

en los insomnios que no tienen nombre,

en los caminos que tomé sin saber adónde iban

y me dejaron en medio de una niebla sin costa.


El invierno del alma es largo y no avisa.

Pero el Caribe me enseñó que hasta el frío pasa,

que el cuerpo tiene memoria de calor,

que basta una palabra dicha a tiempo,

un sancocho compartido sin preguntas,

la mano de alguien que no explica pero está,

para que el hielo, lentamente,

vuelva a ser agua.


V. Las cuatro al mismo tiempo

No vivo en un país de estaciones.

Vivo en un país donde el sol no se disculpa

y la tierra tiene olor a historia mojada.


Pero llevo adentro los cuatro tiempos:

la primavera del asombro que no quiero perder,

el verano del amor que me quemó y no me arrepiento,

el otoño del que aprendí a soltar sin sangrar,

y el invierno que me enseñó que soy más duro

de lo que yo mismo creía.


Cuatro veces he vivido.

Cuatro veces he muerto un poco.

Y aquí estoy —caribeño, terco, agradecido—

contando las estaciones del alma

desde este lado del mundo

donde el único invierno que conocemos

es el que cargamos por dentro.


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