¿GRATITUD O INGRATITUD? SER DOCENTE - Elsa Sabando

¿GRATITUD O INGRATITUD?
SER DOCENTE

Las letras que forman la palabra MAESTRO tienen mucho peso.

Hay quienes dicen que el término como tal solamente se utiliza para nombrar al Dios supremo, pero considero que este sustantivo es la denominación que se da a aquellas personas que refuerzan tu conocimiento.

¡Maestros!... qué educadores que hemos tenido a lo largo de nuestra vida. Quizás muchos de nosotros recordamos al profesor enojado, al chistoso, al que le cae bien a todos o qué sé yo; hay muchas formas de catalogar a los diferentes docentes.

Pero, frente a ese concepto, la realidad que se vive en las aulas —a nivel de nuestro país y del mundo entero— es otra muy distinta.

El estudiante no puede quedarse de año, hay que hacer todos los procesos antes de. Pero el docente tiene que gastar horas y horas haciendo un examen para que dicho estudiante ni siquiera le ponga su nombre.

Al estudiante se protege, al estudiante se le hace valer sus derechos.

¿Y quién defiende al profesor?

¿Quién defiende al docente cuando recibe blasfemias, insultos, señalamientos?

A veces duele observar cómo los padres piensan que nosotros los maestros no sentimos, cómo nos llena de impotencia ver que lo que hacemos en la escuela ellos lo deshacen en la casa.

Qué sarcasmo, ¿no? Qué sarcasmo, qué molestia y qué sentimiento me da.

Somos maestros, pero no somos de hierro.

Somos seres humanos que sentimos, que lloramos, que gritamos, que tenemos también tantas cosas en la cabeza, y, sin embargo, nos hemos puesto el chaleco de la injusticia y aguantamos todo. Desde la sobrecarga administrativa, porque la educación se ha transformado en eso, en carga administrativa, en calendarios llenos de actividades que quedan en la teoría, porque no dejan afianzar una y encima ya está la otra actividad.

Ser maestro es también observar cómo la educación ahora se basa en proyectos a veces equívocos, en paradojas donde te dicen "Hay que proteger el medio ambiente", pero te hacen imprimir hojas y hojas todos los benditos días.

Sé que hay muchos que dirán:

-          ¿Por qué se quejan, si es su trabajo, por eso les pagan?

Si supieran que el sueldo tampoco nos alcanza para todo el trabajo que realizamos. Porque no solamente son las seis o siete horas que estamos normalmente en clases, sino las cuatro o cinco horas adicionales donde prácticamente tenemos que olvidarnos de que tenemos familia, porque hay que llenar formatos, porque hay que preparar la clase, porque hay que organizar actividades, porque hay que imprimir e incluso gastar a veces de los propios bolsillos porque los gobiernos se llenan de discursos paupérrimos diciendo que dan todo, cuando no es así.

Yo me pongo a pensar en la crítica que también recibe el profesorado. La sociedad se ha vuelto tan vacía que es ingrata con nosotros. Educamos a jóvenes año a año, ciclo escolar tras ciclo escolar, pero no todos te saludan después de que se gradúan. Muchos incluso te señalan: "Ah, no, es que a mí me cayó mal, este es el hijo de tal y cual o esa vieja no sé cuánto".

Siempre he considerado que la carrera como tal de la docencia es demasiado desafiante, no solo por su ingratitud y el mal pago, sino porque —como lo he escuchado de otros colegas— el docente es el que prácticamente educa a todas las demás profesiones.

Todos necesitamos de un maestro, pero todos nos señalan cuando nos equivocamos.

Ahora considero que el término tampoco se debe usar a la ligera. He percibido a lo largo de los años que llevo en las aulas el cansancio de tantos compañeros:

Cansancio por el peso injusto de hacer trabajo que no le corresponde, cansancio de un sistema que se preocupa por cuidar al estudiante, pero no por cuidar al docente. Lamentablemente todo se resumen en:

-           “Cuidado profes, cuidado en como respiran porque eso no le puedo gustar a uno de sus educandos y puede traerle problemas”, “Cuidado profes, porqué aquí en este sistema, estamos solos”.

Entonces comienzo a preguntarme: ¿Dónde queda nuestra voz? ¿Dónde quedan nuestros sentimientos? ¿Dónde quedan nuestras emociones? ¿Dónde queda salud mental?

El estudiante no puede ser tocado; ah, pero sí hay casos donde el estudiante tocó a su docente. El educando no puede recibir un tono de voz un poquito más elevado, pero los maestros sí reciben insultos de quienes aprenden de ellos.

Ojalá que todo mejore para los maestros. Ojalá que comiencen a existir leyes más justas, sueldos más justos y que el sistema vea la realidad; no la del que está detrás de un escritorio, sino el que está en el aula.

Tal vez este escrito solo es una voz, una voz para quienes se sientan identificados, una voz para que en algún momento llegue alguien y pueda cambiar, pueda cambiar el mal del ser maestro.

Pero esto no deja de ir a un lado cuando reconocemos que, así como es ingrato, también es precioso. Ser docente nos trae demasiadas satisfacciones.

Ahora solo debemos repetirnos:

-          No somos de hierro, pero mientras caminamos sobre este suelo que tantas veces se quiebra, seguimos estando aquí, luchando.

Elsa Sabando

1/08/2026

Comentarios

Entradas populares de este blog

Reflexión "¿Ya es Navidad", de Elsa Sabando

Reflexión: "La huella inolvidable de un verdadero maestro", de Elsa Sabando

Microrrelato: "La gloriosa venganza de un adicto", de Miledys Pando